Capítulo Uno

El Amor que Crea

El Amor que Crea

Antes de que existiera el tiempo, antes de que hubiera luz u oscuridad, espacio o forma, algo era. No era vacío. No era nada. Era plenitud absoluta, consciencia infinita, amor sin objeto pero completo en sí mismo.

A esta plenitud original podemos llamarla de muchas maneras: el Infinito, la Fuente, el Misterio. Los antiguos hebreos evitaban pronunciar su nombre. Los místicos de todas las tradiciones han apuntado hacia ella con palabras que siempre se quedan cortas. Porque lo que existía antes de todo no puede contenerse en palabras. Solo puede experimentarse, intuirse, tocarse en el silencio más profundo del corazón.

Y entonces, algo extraordinario sucedió.

El Infinito, siendo amor puro, quiso conocerse a sí mismo. No desde la carencia, sino desde la abundancia. No desde la soledad, sino desde el deseo de compartir. El amor, por su propia naturaleza, busca darse. Y así, desde la quietud perfecta surgió el primer movimiento: la decisión de crear.

"Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz."

En estas palabras del Génesis hay algo asombroso: Dios crea hablando. No fabrica, no construye con manos. Habla, y es. La palabra—intención consciente, amor dirigido—tiene poder creativo. El universo entero nació de una palabra, de un pensamiento amoroso que quiso expresarse.

Esta creación no fue como un artesano haciendo algo separado de sí mismo. Fue más como el sol emitiendo luz: la luz no es algo diferente del sol, es el sol extendiéndose. Así, todo lo que existe es el Infinito extendiéndose, explorándose, conociéndose a través de formas y experiencias infinitas.

Tú eres una de esas formas. No una creación separada del Creador, sino el Creador mismo experimentando desde tu perspectiva única. La tradición judeocristiana intuyó esto cuando dijo que fuimos hechos "a imagen y semejanza" de Dios. No se refería a la forma física. Se refería a la esencia: somos consciencia capaz de amar, crear y elegir. Somos pequeños espejos del Infinito.

El universo entero, con sus galaxias y átomos, con sus estrellas y criaturas, es una vasta exploración del amor conociéndose a sí mismo. Cada piedra, cada planta, cada animal, cada ser humano es el Infinito jugando a ser finito, lo eterno probando cómo se siente ser temporal, la unidad experimentando la separación aparente.

¿Por qué aparente? Porque la separación es una ilusión necesaria para el juego. Si siempre supieras que eres uno con todo, no habría aventura, no habría descubrimiento, no habría alegría en encontrar el camino de regreso a casa. El olvido temporal de nuestra verdadera naturaleza no es un error ni un castigo. Es el escenario que hace posible el drama más extraordinario: el despertar.

En este contexto cósmico apareció un ser que cambiaría la historia de nuestro pequeño planeta.

Jesús de Nazaret no fue simplemente un buen maestro o un profeta más entre muchos. Fue una expresión extraordinariamente pura del amor original que crea todas las cosas. Vino desde un nivel de consciencia donde el amor ya no es una elección difícil sino la única realidad, donde el ego se ha disuelto en servicio, donde la conexión con la Fuente es tan clara como el agua de montaña.

¿Por qué vino? Por la misma razón que el Infinito creó: porque el amor necesita darse. Vio a la humanidad atrapada en ciclos de sufrimiento, olvidada de su verdadera naturaleza, y su corazón se conmovió. Vino no a juzgar ni a condenar, sino a recordarnos quiénes somos realmente.

Juan, uno de sus discípulos más cercanos, capturó algo de esto cuando escribió: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho."

¿Lo ves? Juan conecta directamente con el Génesis. El mismo Verbo que dijo "sea la luz" y creó galaxias, la misma intención amorosa que formó las estrellas y los océanos y la vida en todas sus formas, ese mismo Verbo...

"...se hizo carne, y habitó entre nosotros."

El Infinito se vertió en lo finito. El Creador entró en su creación. Caminó entre pescadores y recaudadores de impuestos. Comió con pecadores. Lloró junto a una tumba. Sanó enfermos con sus manos. La misma energía que sostiene el universo tomó forma humana para mostrarnos, desde dentro de nuestra propia experiencia, el camino de regreso a casa.

Esto no significa que Jesús fuera el único canal del amor divino. El Infinito tiene muchos mensajeros, muchas tradiciones, muchos caminos. Pero para quienes resonamos con su enseñanza, él representa algo precioso: la demostración viviente de que es posible, aquí, en un cuerpo humano, en medio de las dificultades de la vida, vivir desde el amor puro.

¿Qué nos enseña esto para nuestra vida cotidiana?

Primero, que no estamos solos en un universo frío e indiferente. El cosmos no es una máquina sin propósito. Es la expresión de una inteligencia amorosa que se está conociendo a sí misma, y tú eres parte integral de ese conocimiento. Tus alegrías y tristezas, tus triunfos y fracasos, todo forma parte de una exploración sagrada.

Segundo, que tu naturaleza más profunda no es el miedo, ni la carencia, ni la separación. Estas son experiencias temporales, útiles para aprender, pero no son tu identidad. Tu identidad es amor, porque del amor vienes y al amor regresarás. Todo lo demás es disfraz, el papel que interpretas en este teatro cósmico.

Tercero, que el camino de la sanación—la tuya y la de otros—comienza por reconocer esta verdad. No necesitas ganarte el amor de Dios. Ya lo tienes. No necesitas merecer tu lugar en el universo. Ya eres parte esencial de él. No necesitas ser perfecto para ser amado. El amor que te creó te conoce completamente y te acepta como eres, mientras te invita suavemente a despertar a quien puedes verdaderamente ser.

Jesús lo expresó con sencillez cuando le preguntaron cuál mandamiento era el más importante: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente... y amarás a tu prójimo como a ti mismo." En estas palabras está todo el camino: reconectarte con la Fuente, y desde esa conexión, dejar fluir el amor hacia todos los seres.

Este libro es una invitación a explorar ese camino.

No te pediré que creas nada que no resuene en tu corazón. No te daré dogmas que memorizar ni reglas rígidas que seguir. Te ofrezco perspectivas, reflexiones, herramientas para tu propia exploración. Tú eres el único que puede caminar tu camino. Yo solo puedo señalar algunas direcciones que otros han encontrado útiles.

En los capítulos siguientes exploraremos cómo vivió y enseñó Jesús, qué significa realmente la sanación, cómo funciona el perdón para liberarnos del pasado, y cómo podemos conectar con esa energía de amor que permanece disponible para quienes la buscan con sinceridad.

Porque el amor que creó el universo no se retiró después de la creación. Sigue presente, sigue activo, sigue disponible. En cada momento, en cada respiración, en cada latido de tu corazón, el Infinito te susurra: recuerda quién eres.

El viaje comienza aquí.